martes, 17 de marzo de 2026

El tiempo que nos soñó

Se conocieron en un lugar donde el tiempo no tenía costuras.

Él soñaba con una ciudad que nunca había visitado donde los edificios respiraban como animales dormidos y las luces de neón titilaban como si alguien dudara del mundo. Ella soñaba con un mar que no existía en su planeta, un mar oscuro, espeso, con olas que parecían recordar nombres.

La primera vez que se vieron ninguno supo que estaba viendo a alguien real.

—Llegaste tarde —dijo ella como si lo hubiera esperado toda la vida.

—No sabía que tenía que llegar —respondió él sintiendo que esa frase no le pertenecía, como si alguien más la hubiera escrito para él.

Caminaron sin preguntarse de dónde venían porque en los sueños, la lógica no es necesaria: basta la intuición. Y algo en ellos —una vibración antigua, una sincronía inexplicable— les decía que ese encuentro no era un accidente.

Se encontraron así durante semanas que no podían medir. A veces en la ciudad de él, a veces en el mar de ella, a veces en lugares híbridos donde el agua flotaba entre edificios y las escaleras conducían a cielos que se abrían como heridas luminosas.

Se enamoraron sin darse cuenta del momento exacto.

Quizá fue cuando él aprendió a respirar bajo el mar de ella.
O cuando ella logró quedarse despierta dentro del sueño lo suficiente para verlo irse y esperar su regreso.

Pero los sueños son territorios frágiles y una noche, él no apareció.

Ella lo esperó en la orilla de su mar imposible, sintiendo por primera vez algo parecido al tiempo. Una noche se volvió dos y dos, se volvieron semanas. Luego nada.

En su mundo, él despertó con la sensación de haber perdido algo que no sabía nombrar. Intentó volver a ese lugar pero cada sueño era una imitación fallida. Como si alguien hubiera cambiado las coordenadas.

Cinco años pasaron en sus respectivos universos.

Cinco años de vidas que continuaron.

Él tuvo otras historias, otras ciudades, otros cuerpos y ella aprendió a cerrar su mar, a no permitir que cualquiera lo habitara.

Hasta que una noche, sin previo aviso, el sueño se abrió otra vez.

Se encontraron en un lugar nuevo: una estación de tren suspendida en el vacío donde los vagones no llegaban ni partían.

Se reconocieron de inmediato.

—Pensé que te había inventado —dijo él.

—Yo también —respondió ella, y por primera vez el sueño tembló.

Esa segunda etapa fue más intensa. Ya no había inocencia y ambos sabían que podían perderse. Así que cada encuentro era un intento desesperado por retener al otro.

Aprendieron a manipular pequeñas reglas del sueño. A quedarse un poco más. A repetir un instante. A construir refugios: una casa en un árbol que crecía en medio del mar, un cuarto con ventanas infinitas donde siempre era atardecer.

Se amaron con la intensidad de lo irreal.

Pero el universo —o los universos— no estaban hechos para sostener esa anomalía.

Las interferencias comenzaron como ruido: imágenes que se colaban, voces que no eran de ellos, grietas en la continuidad. A veces él desaparecía a mitad de una frase, a veces ella olvidaba su nombre dentro del sueño y a veces no podían ver ni siquiera sus propias manos.

—Nos están cerrando el paso —dijo ella una noche con una claridad que dolía.

—Entonces abrimos otro —respondió él, aunque ya no estaba seguro de cómo.

Duraron seis meses.

Seis meses de resistencia.

Hasta que un día el sueño colapsó.

No hubo despedida.

Solo un corte y el tiempo volvió a su forma habitual.

Él envejeció lo suficiente como para creer que había sido una fantasía persistente.
Ella eligió vivir sin mirar demasiado hacia adentro, como quien evita su reflejo en un espejo roto.

Se convirtieron en versiones funcionales de sí mismos.

Amaron a otras personas.
Trabajaron.
 Olvidaron  
— o aprendieron a convivir con el olvido.

Trece años pasaron.

Y entonces, una noche cualquiera, sin señales, el sueño regresó.

Pero esta vez no había ciudad. No había mar. No había estación.

Solo un espacio blanco, infinito, como una página antes de ser escrita.

Ella apareció primero.

Luego él.

Se miraron en silencio. No había prisa. Tampoco miedo.

—Pensé que esto ya no era posible —dijo él.

—Yo también —respondió ella—. Pero tal vez nunca dejó de serlo. Solo no sabíamos cómo sostenerlo.

Se acercaron despacio, como si cada paso fuera una decisión consciente.

—No podemos repetir lo mismo —dijo él.

—No —respondió ella—. Esta vez tenemos que hacer algo distinto.

Se sentaron en el suelo blanco, frente a frente.

—He estado pensando —dijo ella—. El problema no es encontrarnos. Es la duración.

—El sueño siempre se rompe.

—Entonces no intentemos quedarnos dentro —lo miró fijo—. Expandámoslo.

Él entendió antes de que ella terminara la frase.

—Claro! Hacer que el sueño dure tanto que deje de ser sueño.

—Exacto.

Cerraron los ojos, dentro del sueño.

Respiraron al mismo ritmo.
 
 Sincronizaron sus corazones y por primera vez no intentaron controlar el entorno ni construir escenarios. Solo sostener la presencia del otro.

El blanco empezó a vibrar.

No como una imagen sino como una frecuencia.

El tiempo dejó de avanzar en línea y se volvió espiral.

Luego pulso.

Luego algo sin nombre.

Sus cuerpos —o lo que fueran en ese espacio— comenzaron a desdibujarse.

No desaparecían.

Se transformaban.

El sueño ya no los contenía.

Ellos contenían el sueño.

—No sueltes —dijo él, aunque ya no había voz.

—No sueltes —respondió ella, sin palabras.

La vibración se intensificó hasta volverse insoportable.

Hasta que, en un punto imposible de medir, algo cedió.

No fue un despertar.

Fue una salida.

En algún lugar —no exactamente un lugar— se encontraron de pie.

No había tiempo.

No había distancia.

No había separación entre lo que pensaban y lo que eran.

Se miraron.

Y por primera vez, no había posibilidad de perderse.

—¿Esto es…? —intentó decir él.

—No sé cómo llamarlo —respondió ella—. Pero ya no es un sueño.

Él sonrió.

—Entonces llegamos.

Ella negó suavemente.

—No. Apenas estamos empezando.

Y esta vez, el universo —o lo que existiera más allá de él— no los interrumpió nunca más.




 

viernes, 5 de septiembre de 2025

EL REINO DE FARROKH

Farrokh siempre supo que era diferente del resto de niños de su edad. Primero, tenía un nombre muy raro y en el colegio se burlaban cada vez que el profesor llamaba a lista en las mañanas. Segundo, sus dientes delanteros eran muy grandes, por lo que a la hora del almuerzo, sus compañeritos siempre se las ingeniaban para ponerle zanahorias en el plato. Y tercero, tenía un tono de voz muy agudo, por lo que cuando cantaba en el coro siempre lo ponían en el grupo de las niñas que lo miraban como bicho raro. Por eso, Farrokh nunca podía terminar ninguna canción. Le daba pena su propia voz… y sus dientes… y su nombre.

Un sábado, como todos los sábados, la mamá de Farrokh le pidió que le ayudara con el aseo de la casa. Él estaba muy triste por todo lo que le pasaba en el colegio. Así que cogió sus zapatos especiales para brillar el piso y comenzó la ardua tarea sin mucho entusiasmo. La mamá, al verlo tan cabizbajo, pensó que la mejor manera de hacer sentir mejor a su hijo era poniéndole un poco de buena música para subirle el ánimo. Tomó uno de sus viejos discos, lo puso en la tornamesa y le subió el volumen al máximo. Cuando la música comenzó a sonar, Farrokh poco a poco fue sintiendo cómo las notas musicales comenzaban a esparcirse por el piso de madera y se iban trepando por sus flacas piernas y por todo su cuerpo haciéndole vibrar los dientotes. Tomó una corona de papel que había hecho días atrás, se amarró una cobija roja al cuello y empezó a brillar el piso dando grandes saltos mientras bailaba. La casa se convirtió en un grande y hermoso castillo que comenzaba a resplandecer con cada paso del pequeño rey. Su corona de papel se volvió de oro brillante, su cobija roja se transformó en una larga y fina capa de terciopelo y sus dientes… bueno, sus dientes seguían siendo igual de grandotes pero ahora brillaban como perlas. Una poderosa y vibrante voz comenzó a sonar dentro de Farrokh; era su propia voz que se liberaba para tomarse los inmensos pasillos del palacio. Cantó y cantó y cantó como nunca antes lo había hecho y bailó y bailó y bailó hasta dejar tan resplandeciente el lugar que parecía hecho de puro cristal. Con una gran sonrisa en su rostro se dejó caer en su trono desde el que pudo ver todo el esplendor de su obra. Suspiró satisfecho, pero entonces miró el trono vacío a su lado y supo que algo le faltaba: Le faltaba su reina. Empezó a sentirse muy triste, su corona dejó de brillar y se volvió de papel otra vez, y su capa ya no era más que una cobija roja amarrada al cuello. Se paró de su silla y caminó hasta el espejo pegado en la puerta de su cuarto, miró sus grandes dientes y de repente estos resplandecieron, luego su corona de papel también lo hizo y por un segundo pareció de oro otra vez.  Entonces, como por arte de magia, Farrokh descubrió que tenía todo lo que necesitaba para ser único y que en realidad no había nada que le faltara, ni siquiera una reina. Su reflejo brilló en el espejo y Farrokh se pudo ver convertido en un adulto, cantando a todo pulmón con su banda en un inmenso estadio, vestido con su hermosa capa de terciopelo rojo y su brillante corona de oro. Sus dientes seguían siendo grandes, muy grandes, así como también lo era su nuevo bigote. Su voz pintaba el lugar de todos los colores y la gente cantaba con él todas sus canciones. Su nombre ya no sonaba raro, era diferente y único. Ahora se llamaba Freddie y era el rey y reina de su propia banda y esta tenía el mejor nombre de todos. Desde ese día Farrokh decidió ser feliz cantando y bailando, llenando de música su vida y la del resto del mundo. Decidió que en adelante sería quien era y nunca más sentiría vergüenza por ser único en un mundo en el que todos se quieren parecer tanto a los demás.




https://open.spotify.com/intl-es/track/2KZUU5sWWQxck17Jha4gVF?si=54efd00279fc4117 

lunes, 18 de agosto de 2025

Tte

Por esos días llovió como nunca antes y todos los rezagos de dudas, miedos e insomnio, poco a poco fueron a parar derecho al desagüe de las certezas junto con 3 planetas retrógrados. Así que cuando el Sol se volvió a asomar, brilló con tanta fuerza que le inundó los pulmones de pura luz y tranquilidad. Entonces, decidió que era hora de retomar el camino sin mirar atrás más que para disfrutar de una que otra canción que merecía repetirse para ser exprimida como debía de ser. Dirigió su mirada al Este, más allá de los volcanes y valles sobre los que se alcanzaba a respirar un aire tan dulce y fresco que lo hizo estremecer y olvidar para siempre de la jungla de concreto maltrecho que hacía años había elegido como refugio. Ya no la necesitaba más, estaba curado a medias y lo único que quería era una dosis definitiva de completitud para seguir permaneciendo en esa mirada en la que había decidido perderse cuando su mundo se descomprimió y desapareció para convertirse en un continuo “Rojo-K”.



https://open.spotify.com/intl-es/track/2P4SwarBghj39VmdlYX0hY?si=4dbe9aad13de46f6

lunes, 11 de agosto de 2025

De

Ahí estaba sentado en estado “Mark Renton después del detox", rodeado por sus amigos y atrapado en medio de un timelapse que se le metía hasta por los huesos recordándole la fiebre reumática de su infancia ya bien lejana. Pero entonces, mientras todo se diluía lenta y penosamente a su alrededor y por dentro, llegó como un aguacero torrencial un mensaje, uno sonoro esta vez, uno que volvió a desequilibrar la balanza que llevaba calibrando con tanta meticulosidad durante meses. La dulzura y el tempo en que llegó aquel mensaje lo sacó de ese letargo en el que se había sumido y entonces, señoras y señores: “Oh -f*ckin´- happy day”! Se sumergió sin escafandra porque a donde fue solo creyó necesitar de su intuición y al comienzo todo estuvo bien; delicioso, de hecho. Se fue cada vez más y más lejos perdiéndose en las bellísimas melodías que jamás había oído y por un rato se sintió parte de su mundo y pensó que compartirlo con ella era un regalo que debía de honrar y cuidar con delicadeza. Pero justo eso era de lo que más carecía en ese momento y la torpeza volvió a ganarle estando ya muy lejos, mar adentro, sin escafandra, sin intuición y muy aporreado. Y ahí quedó, nuevamente en estado “Mark Renton después del detox", tirado en una isla desierta, rodeado de un océano inconcluso lleno de incertidumbres y con una playlist que retumba como olas rompiéndose contra las rocas filosas de un acantilado.

lunes, 4 de agosto de 2025

Ve


Un par de d
ías después, la encontró flotando en lo que pareció un fotograma delicadamente suspendido entre el reflejo de un espejo y el recuerdo que había atesorado en su mente recubriéndola de esa profunda luz que en adelante decidió llamar “Rojo - K”. Era ella y lo supo en el instante en que sus ojos lo atravesaron otra vez estallándole el plexo solar haciéndolo volar hacia lugares en los que nunca antes había estado. Flotó sumergiéndose en la espesura de la turbia oscuridad y pudo sentir cómo el polvo de millones de estrellas se le metía entre la ropa para recubrir su cuerpo. La idea de ir flotando por el espacio como una paleta de chocolate dorado le pareció tan seductora como épica, por lo que se entregó de lleno a la experiencia con la absoluta certeza de que iba a aterrizar donde debía sin ningún rasguño -o mordisco-. Así que pasadas algunas centurias –que en la Tierra no fueron más que unos pocos días- estas lo llevaron inexorablemente al encuentro de ella y pudo al fin volverla a ver en el mundo en el que ambos habían sido creados. Se acercó caminando y era todo lo que recordaba y mucho más. Sus colores, sus contrastes, toda su manera y su clase, fueron suficiente para que ya no quisiera irse más. La miró a los ojos y la reconoció quedando completamente imantado a ella, pero justo cuando quiso decirlo todo, el tiempo se detuvo y de ella solo quedó una fotografía enmarcada bajo el destello de una luz en forma de sístole y diástole.

https://open.spotify.com/intl-es/track/3clIHVzJ9J2rvvrFUKLICo?si=5e66dc00dbf2408c

lunes, 28 de julio de 2025

Be

Un saludo breve y frontal bajo la luz roja y un postpunk que todavía no había sonado fueron suficiente para pegar esos ojos en su memoria como un sticker en un muro. La noche se deslizó entre chelas y rolas y la pudo ver varias veces más muy de cerca entre el humo azul que dejaba escapar entre sus labios pintados de rojo por la luz que salía del lugar y que la enmarcaba completamente llenándola de profundo misterio y extrema belleza. ¿Cómo no iba a disfrutarla si es que esos momentos en los que se siente tanto duran tan poco? Esa noche ella desapareció con la última nota de la última canción y no pudo volverla a encontrar, así que no tuvo de otra más que atesorar esa secuencia de imágenes de colores y de canciones en las que ella era la protagonista para que no se diluyera en su mente perdiéndose para siempre. 

https://open.spotify.com/track/6P2ITQT43x0rC0yqkSaXNo?si=XmZZVoj3RxKKhrl5GvXMZw

domingo, 6 de julio de 2025

Changes

Abrió la ventana del cuarto para que entrara el aire y se llevara toda esa modorra en la que se había revolcado gran parte de la noche y ya mediodía entero. “Alexa, pon Changes de Black Sabbath”, porque si iba a arrancar con nostalgia, que al menos fuera de la buena. Sobre las notas de ese pianito bello y soberano se deslizó hasta la cocina y se preparó su licuado energético de la mañana -aunque ya era mediodía-; un vaso de agua, tres fresas, un plátano y una falange de jengibre. La unidad de medida del jengibre le hizo pensar irremediablemente en Tony Iommi y en qué hubiera sido de él si esa mañana lejana preparándose su té de la mañana -porque debía de ser un tipo más de té que de café- hubiera decidido no ir a trabajar a la fábrica y solo por ese único día hubiera no pasado las grandes piezas de metal por las sierras afiladas que tan bien manejaba ya a sus 17 años. Bien hubiera podido llamar a su jefe y decirle que no se sentía bien por unas Fish and chips que se había comido la noche anterior en un puesto callejero para simplemente pasar el resto del día sentado en su sillón frente al televisor viendo concursos familiares y tomando cerveza -porque en Inglaterra son muy de sillones frente al televisor y de ver programas familiares tomando cerveza-. Pues bien, eso no pasó. Tony fue a la fábrica como tantos otros días y ese, su último día de trabajo, fue el día en que nació un sonido, un género musical y una leyenda.

Pero él no iba a ser una leyenda ni iba a perder ninguna falange ni mucho menos a dejar nada muy relevante aparte de confusión en su camino. Así que tomó una ducha y se sentó a escribir no sin antes vestirse, más por pudor a ser visto por su vecina del piso de abajo que lo espiaba en secreto y que juraba no haber sido todavía descubierta, que por cualquier otra cosa. Tecleó un par de ideas iniciales y se entregó al latir del tiempo para terminar de perder el resto del día.


https://www.youtube.com/watch?v=zrnV8aGoOdQ