"Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar de sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad"... "Entre los hombres de esta especie ha surgido el pensamiento peligroso y horrible de que acaso toda la vida humana no sea sino un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal, un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza. Pero también entre ellos es donde ha surgido la otra idea de que el hombre acaso no sea sólo un animal medio razonable, sino un hijo de los dioses y destinado a la inmortalidad."
H.H.
lunes, 19 de diciembre de 2011
viernes, 16 de diciembre de 2011
A. Caicedo I
"Tal vez yo sea únicamente el que escribe; no, ese tampoco soy yo: yo soy el que piensa un montón de cosas que decirte, el que busca claridad en las palabras y las putas palabras no salen claras."
domingo, 11 de diciembre de 2011
Hesse I
“¡Ah, es difícil encontrar esa huella de Dios en medio de esta vida que llevamos, en medio de este siglo tan contentadizo, tan burgués, tan falto de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención?”
H.H.
Hesse II
"Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas"
H.H.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Moonlight Drive
Y así, sin más, esa noche de luna llena, a la madrugada, descubrió que había sobrepasado la primera etapa del enamoramiento y que contrario a lo previsto, le había tomado más de 5 años llegar hasta donde estaba ahora. Algunas vidas con sus historias propias se habían cruzado en el camino ya recorrido, y sin embargo, una única línea trazada con firmeza hacía ya tiempo era lo único tangible sobre el terso relieve. Un único camino que llevaba directo a sus ojos, profundos, brillantes y directos.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
KUNDERA
"Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.... Y le dio pena que en una situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento mas hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte). Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería: El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero que valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro"
M.K
miércoles, 26 de octubre de 2011
MODERN RUIN
Una promesa rota. Esa fue la única razón que lo trajo a estas tierras de las que poco o nada se sabía por esos días; sin embargo, solo una persona pudo oír esas tres palabras que Humberto había alcanzado a pronunciar antes de caer tendido sobre la mesa como producto de la terrible borrachera de la que era presa hacía ya varios días. Nadie más lo escuchó, hubiera sido el fin de un mito que llevaba consumándose largos años, desde aquel día acalorado de fin de año en el que lo vieron atravesar la plaza central por primera vez. Muchas historias se habían tejido alrededor del hombre que llegó para quedarse y comenzar a construir su propia morada en medio de las montañas de las que cada vez más hombres huían en busca de la prosperidad y comodidad que ofrecían las grandes ciudades muy lejos de allí. Algunos decían que solo un fugitivo se internaría en la selva para huir del peso de la ley; otros, que se trataba de un millonario venido a menos que no tuvo otra opción más que esconderse en el último rincón del mundo por pura vergüenza; los más audaces, aseguraban que se trataba de un hombre con el corazón roto en busca de un lugar tranquilo para olvidar. Ésta última versión, llenaba de emoción y de curiosidad a las mujeres del pueblo, que veían en Humberto un misterio que solo podría ser develado por aquella mujer que lograra robarse el corazón del reservado hombre. Al cabo de unas semanas, un grupo de trabajadores ya comenzaba a erigir el que sería el palacio del único rey sin trono que hubieran conocido los humildes campesinos de la región y ante el cual comenzaban a mostrarse ya temerosos. Una noche, lo vieron surgir de entre la montaña muy bien vestido, con sombrero de ala ancha y un impecable traje color blanco que hacía contrastar su foulard de color vino tinto. Caminaba a paso lento pero firme, con la frente en alto y la espalda erguida. Ante las miradas silenciosas de aquellos que se quitaban de su camino tan solo para admirarlo con curiosidad desde el andén, el hombre se dirigió hasta la casa de Don Cosme, el anciano diputado retirado hacía años del que se sabía en su juventud había luchado junto al ejército libertador y que descendía de respetable familia. El anciano lo recibió con un efusivo abrazo y al cabo de un rato, ambos hombres yacían sentados en el gran salón cuyas paredes estaban forradas por infinidad de libros y souvenirs del Viejo Mundo. Don Cosme era reconocido por ser un hombre en extremo serio e incluso soberbio. Eran muy pocos los hombres con quienes se detenía a entablar una conversación que durara más de 5 minutos. Solo Don Joaquín, el abogado del pueblo, y Don Ignacio, el barbero, podían darse el lujo de sacarle algunas palabras, siempre que el tema fuera historia o religión, nada de filosofía, porque ese tema siempre lo acaloraba y terminaba discutiendo. Sin embargo, esa noche Don Cosme estaba dichoso como nunca nadie lo hubiera visto.
- Así que te has decidido al fin por venir a verme – dijo con la mirada fija en Humberto que sostenía tranquilo una copa de coñac francés.
- He encontrado el camino de vuelta, finalmente – dijo tras mojar sus labios en el exquisito licor.
Permanecieron en silencio un momento, solo mirándose bajo el inquieto ruido de las manecillas del reloj de pared que marcaba las 8:43 de la noche.
- He venido por la misma razón por la que usted regresó hace ya tantos años, Don Cosme. Espero no ser inoportuno al romper con la tranquilidad de este pequeño pueblo y la suya propia – añadió y bebió otro sorbo de coñac.
El anciano suspiró y se puso de pie acercándose a un cuadro que mostraba a una joven de ojos claros y profunda mirada que sostenía delicadamente un abanico sobre su vestido de seda de colores. Parecía una muñeca de porcelana, rubia, de tez blanca y suave. Sin embargo, había algo en su expresión que faltaba; un brillo en sus ojos, o tal vez un poco más de color y humanismo que le permitiera ser el recuerdo completo de una mujer que alguna vez vivió.
- Nunca la volví a encontrar. Pasé tanto tiempo hundido en mis recuerdos y en mis culpas, que olvidé su rostro. Solo me quedó este cuadro de aquella época en la que ambos éramos tan solo unos jóvenes llenos de ganas de soñar – dijo el anciano con la voz grave y entrecortada.
Humberto dejó su copa sobre la pequeña mesa central y se acercó a la biblioteca, indagando los cientos de títulos que reposaban organizados minuciosamente por temas.
- Cosas de niños. Si se hubieran cruzado de nuevo, seguro no la hubiera usted reconocido tampoco. Los sueños ya los he dejado en el pasado distante, ella me los arrebató y por mucho que intenté volverlos a encontrar, nunca pude siquiera sentir el candor que desprendían cuando los evocaba – dijo Humberto como si poco le importara el valor de estas palabras que acababa de pronunciar. Luego fijó su atención en un libro de cubierta amarilla y negra, lo sacó de la fila de libros y lo abrió en las primeras páginas leyendo un párrafo en silencio. Por un momento su mirada se perdió como si lograra atravesar el papel para indagar qué había más allá de éste. Permaneció así hasta que pudo volver y, como si se tratara de un texto sagrado, depositó de nuevo el libro con delicadeza junto a los demás en la biblioteca.
- Como ya debe saberlo, Don Cosme, he venido para quedarme. Estoy construyendo una casa en la montaña y muy pronto estaré en capacidad de cultivar sus tierras. He traído mis propias semillas para ponerle un toque personal a esta tierra por la que ya nadie se preocupa – dijo volviéndose a sentar y tomando la copa en sus manos. Don Cosme caminó despacio repasando cada palabra dicha por el hombre. Apretó los labios con preocupación y se sentó frente a Humberto.
- Nada germinará, ya lo verás. Llevo tantos años enterrando mis dedos en la tierra, depositando semillas de todos los colores, esperando el día en que florezcan y me devuelvan ese pedazo de vida que extravié y que solo ella podrá devolverme cuando haya nacido la primera flor – terminando de decir esto, Don Cosme sollozó y se alejó hacia su habitación con paso torpe y débil. Solo se oyó una puerta cerrarse y el reloj que marcaba las 9:00 de la noche.
El tiempo pasó, sin miramientos, sin arrepentimientos, sin la más mínima intención de detenerse para dar un poco de sí mientras el corazón disecado del hombre daba muestras de avivamiento. El jardín fue cuidadosamente sembrado mes tras mes, año tras año, Humberto esperó a que algún color sobresaliera sobre la negra tierra. Hubo sequías, lluvias torrenciales, pero ninguna flor se asomó sobre el suelo que cada vez se endurecía más, muy a pesar del agua. Decidió que ya era suficiente, era tiempo de retirarse a su casa y envejecer naturalmente sin esperar más cambios que los que estaba destinado a sufrir desde el momento en que abrió los ojos por primera vez y creyó poder tomar las riendas de su vida.
Cuando Don Cosme murió, la casa fue saqueada por los pobladores que en su afán por poseer, arrancaron las cortinas, libros y adornos dejando solo las migajas de los recuerdos de uno de los grandes hombres de nuestros tiempos. No se sabe si por el mismo afán, por descuido o por temor, el cuadro de la mujer sin brillo en su mirada permaneció donde estaba sin que nadie lo removiera de la pared en la que por tantos años había descansado. Por cosas del azar, o del destino, según se diría tiempo después, Humberto terminó colgando el mismo cuadro en su propia casa, junto a la biblioteca en la que había acumulado tal cantidad de libros con bellísimas imágenes de flores que ya le era imposible mirar hacia el exterior, hacia el jardín y la montaña que poco a poco fueron devorando los muros y techos hasta ocultarlos de toda vista. Hasta el día de hoy, hay quienes dicen que un inmenso jardín de flores blancas se extiende oculto en algún lugar de la montaña, vigilado por la mirada impávida de una bella mujer que sigue esperando una razón por la cual volver a hacer palpitar el corazón de su amado.
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