En el universo de todas las
posibilidades envueltas en un terso velo, justo acá pareciera que todo recobra
el peso perdido por el desgaste de un tiempo ya desdibujado. No queda más que oír,
sentir y disfrutar mientras intento moldear el tiempo para tomar de él solo esos
preciosos momentos que logro retener en sueños y que me acompañan para recordarme
de qué estamos hechos cada vez que cruzo mi mirada con su silueta
resplandeciente y estilizada.
lunes, 22 de octubre de 2012
sábado, 15 de septiembre de 2012
Enjoy the Silence
De donde vengo la gente tiene
varias cosas en común. Una de ellas es la exuberante fealdad que desborda sus almas. En este lugar
la gente tiene varias cosas en común: un ojo desviado y esa particular manera
de pronunciar la doble L como lo hacían nuestros abuelos, mejor adoctrinados bajo
el régimen de la regla y el castigo humillante. Supongo que es el clima, y no
el nivel de alicoramiento que en mí crece, el que me hace percibir cierto tono
insinuante de índole sexual en cada chiquilla que pasa frente a mí mostrando
sus muslos y carnes aún firmes apenas ocultas tras unas pocas ropas. Soy un
provinciano, un extranjero en mi propio país incapaz de reconocer los
códigos que todos acá parecen manejar
con tanta naturalidad y sutileza. El acento, la temperatura, la distante ciudad
gélida cuyo recuerdo parece titilar como un faro que se ahoga en el horizonte
de una cruda tormenta, me hace sentir como un hombre sin hogar, fuera del
espacio y, hoy más que nunca, fuera del tiempo.
Un matrimonio acaba de consumarse
en este lugar impregnado de sudor y despreocupación, cuyas gentes parecen salidas de un guión de El
Zorro versión 1930. Sin embargo, la noche no es pretexto para dejar de hacerme
esta pregunta: ¿Cómo carajos puede alguien vestirse con traje y corbata en este
clima que, muy a pesar de la mismísima noche, supera los 20 grados centígrados?
Este hecho que se consolida sin miramientos ni dudas, hace que dentro de mí
crezca de nuevo esta desazón que me excluye de todo lugar, de todo tiempo,
aligerando el peso de un pasado que parece hundirse con el recuerdo de una
ilusión siempre esquiva e hilarante que se desvanece como fina arena roja entre
mis dedos.
“En el silencio, todos nos perdemos para volvernos a encontrar…”
martes, 21 de agosto de 2012
Alatriste
lunes, 30 de julio de 2012
Breathe
Después de todo, es una condición
natural del hombre el no poder andar más que en círculos.
Era hora de intentarlo con poesía.
Aprieto el pecho para sentir algo
de este corazón que parece hundirse en el vacío
Aprieto el pecho para sentir algo
más que esta desazón que destruye esa frágil idea
La misma que alguna vez fue tan
fuerte y bien definida
Como el tronco de aquel viejo
árbol cautivo en un poema de amor otoñal
Y que tuvo que desdibujarse para
cambiar de color y forma
Hoy cierro los ojos, aprieto el
pecho por última vez para no dejar ir ese último recuerdo
El único que aún
conservo y que cada noche
Antes de perderme en las
profundidades de este letargo mortal
He de evocar para poder dar nueva
luz al día que tercamente ya comienza.
Salió cursi y hasta predecible; una
aproximación de lo que puede ser y que, aún siendo ya, todavía no alcanza a serlo
del todo. Una simpleza fugitiva que debe desaparecer una vez haya sido calcada de
algún lugar equidistante y nocivo para cualquiera que se atreva a indagar
mucho.
El precio debe ser el destierro, una maldición de la que parece no haber
escapado por más distracciones que haya tenido que inventar en la marcha hacia
alguna parte.
Ha errado la dirección, ha
perdido el Norte, y el Sur, y el Occidente y, claro, el Oriente también. Sin
más, sale ya del plano para reencontrarse fuera de él, en algún lugar que todavía
no recuerda pero desde el que sin duda alguna es más fácil hoy respirar.
martes, 8 de mayo de 2012
Spore
Hacía mucho que había perdido la
esperanza de que algo pudiera remediar ese terrible episodio tan hondamente
grabado en sus recuerdos. Había jugado a ser Dios y el precio fue tan alto que
tuvo que engullir su propia carne para poder volver a habitar ese cuerpo sin
ningún sentimiento de culpa o vergüenza. Por un tiempo pareció que todo era
posible, incluso alejar definitivamente los vicios que tan fieramente se agarraban
de sus singulares prejuicios. El miedo, lejos de hacerlo más vulnerable, lo
transformó en un desconocido que pudo albergar en algún rincón de su cuerpo ese
único trauma que lo hacía ser tan humano como a cualquier otro y que, de alguna
manera, aligeraba el peso al caminar evitándole tener que avanzar encorvado y
sediento. Pudo ser una creencia, tal vez la única sobreviviente del paraíso
en cenizas, pero lo cierto es que una única vez fue suficiente para volver a
comenzar sin mirar atrás.
miércoles, 11 de abril de 2012
Search and Destroy
¿Cómo habría, pues, de adivinar el
secreto de esta mujer que apenas si se atrevía a mirar a los ojos pese a haber
pasado con ella las últimas horas del día? Pese a haber revivido las mismas
sensaciones viscerales de un pasado lejano, le era aún imposible adquirir ese
grado de iluminación y responder con firmeza sin temor a arruinar todo el
trabajo y tiempo invertido durante ese frío día de comienzos de año. El objetivo era claro, siempre lo había sido,
sin embargo, había un punto en el que la historia podía, si bien, dar un giro
fatal o seguir su agonizante transcurrir con la promesa del sexo casual sin más.
En este punto de su existencia prefería esta última opción, sin duda, pero
también era consciente de que pasara lo que pasara, nunca sería por una elección
tomada a conciencia, así que no podía hacer nada más que dejárselo todo al lento
transcurrir de los minutos. El hecho de haber perpetuado su estatus de
“extranjero” en este país tan parecido a una de esas ilustraciones de Hansel y
Gretel, pero con más yonkis y prostitutas regados por las calles, hacía que una
especie de aura misteriosa y casi sensual lo rodeara atrayendo a su lado a ese
tipo de mujeres por las que tan fácil, y tan rápido, perdía la cabeza. Ya para
ese entonces había perdido mucho más que eso gracias a ese prototipo tan
personal de “femme fatal” que durante tantos años había ido construyendo y en
el que había depositado tantas expectativas a cambio de absolutamente nada. ¿Experiencias
de vida? ¿aprendizajes? Nada de eso, la realidad era mucho más unidimensional y
aburrida que lo que los libros de autoayuda nos mostraba, de eso estaba seguro.
El discurso de “vive rápido, muere joven” ya lo tenía en su información
genética, irremediablemente, así que lejos de intentar adornar con justificaciones
pomposas y frases de cajón su propio vivir, se dedicó a hacer lo posible por
tener sexo con esa mujer que acababa de conocer sin esforzarse en siquiera
gustarle un poco. Tomó una botella a medias de cualquier trago que encontró en
la sala y bebió llenando el vacío que le dejaba el seguir intentándolo.
Paradójicamente, parecía que esta vez el efecto que esto causaba en ella no era
el de repulsión, en absoluto. Por el contrario, encontró que ella lo miraba con
interés y poco a poco, a medida que el alcohol iba invadiendo su cabeza, la
imagen de mujer fatal se fue desdibujando. Al final del último trago, parecía más
una niña absorta por asomarse por primera vez a la ventana de un avión y
descubrir el manto de nubes que oculta el diminuto transcurrir de nuestras
vidas como hijos paridos por la tierra y el placer. Estiró su pesada mano hasta la delgada
pierna de ella y fue subiendo su falda para descubrir el blanco muslo oculto
tras esa maya que tanto lo excitaba para ese momento de intoxicada lucidez.
Ella suspiró y descansó su cabeza en el sillón viejo y roído, dejándose invadir
por el creciente placer que el contacto físico iba produciendo mientras él se
acercaba torpemente para seguir ratificando lo que ambos tanto deseaban ya
sentir. Antes de que el sexo fuera prohibido, ya lo habían condenado con un
sinnúmero de enfermedades minuciosamente ilustradas. El miedo, una vez más, fue
usado por los pocos de siempre y, tal vez, de ellos mismos surgió la idea de
crear la más letal de todas las armas para combatir la libertad y todo lo que
de ella se desprendía para aliviar el dolor del paso del tiempo. No hubo más
remedio que renunciar y dejar de buscar lo que hacía rato se había ya perdido.
Ambos se despidieron y prometieron en silencio nunca más volverse a ver. Era
cuestión de tiempo para reincidir y continuar con la búsqueda, después de todo,
algo de humano todavía corría por sus venas. Esa noche, en esa decadente
habitación, respirando bilis y alcohol, ambos lo supieron y el secreto se
mantuvo a salvo por última vez.
domingo, 8 de abril de 2012
Beginner
Aún recordaba esos días lejanos
en los que podía pasar el tiempo tan solo mirando el transcurrir de la gente
frente a su casa en aquel tranquilo barrio de los suburbios. En aquellos
tiempos, el único ruido perturbador era poco común y podía surgir del klaxon de
un automóvil, del llanto histérico de un bebé o de un avión que sobrevolaba muy
bajo, sin embargo, ninguno de estos ruidos perduraba en su memoria por más de
unos contados segundos para luego desaparecer en el mar de sus sencillos
recuerdos. El día de hoy había comenzado con una leve llovizna muy propia del
clima de la ciudad; el cielo estaba cubierto por un velo grisáceo y muy poco se
podía ver a través de la ventana que permanecía empañada por el calor que del
agua caliente de la ducha se desprendía. Héctor miraba el agua escurrir por su
cuerpo flaco, venoso y pálido; sus preocupaciones se iban diluyendo con el caer
de cada gota cálida mientras sus ojos se iban cerrando con el trasfondo musical
previamente seleccionado para acompañarlo un rato en el baño. Era curioso cómo
comenzaban los días desde que su secreta elección se hizo irremediablemente
tangible hasta el punto de dejarlo en el total abandono. La desidia lo había
alejado de sus seres más allegados, de aquellos que lo acompañaron durante los
momentos más memorables y de los que ya casi no podía ni siquiera acordarse
pese a haber dejado marcas todavía perceptibles en su cuerpo. Cicatrices ahora
suturadas para su propio beneficio, ese mismo que por tanto tiempo se empeñó en
buscar tras tantas relaciones fallidas. No podía huir de lo que era ni de lo
que quería, simplemente faltaba una única pieza del extenso rompecabezas para
poder completar la línea temporal sobre la que podría andar sin correr más
riesgos innecesarios que los elegidos por su terco inconsciente.
Estando frente al espejo empañado
descubrió una frase anónima escrita hacía tiempo y que hasta hoy cobraba un
valor entrañable: “Mierda eres y mierda serás”. Silencio entre una canción y la
siguiente, goteo de agua sobre el piso encharcado y finalmente un suspiro de
alivio que se perpetuaba con un nuevo acorde musical. Por primera vez se sintió
acompañado en esta historia y el hecho de que alguien hubiera podido
describirlo con tal exactitud era razón suficiente para que se decidiera a lanzarse
a la calle con la cabeza en alto, alejando de una vez por todas esa duda que lo
carcomió en vida desde el instante en que pretendió comenzar a reconocerse.
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