Si hubiera perdido la cordura,
esto ya le habría ahorrado un buen trecho en el camino por recorrer. No importa
cuán exigente se pueda llegar a ser, siempre está la duda de si el sendero es
el correcto y si éste llevará hacia un claro en el bosque donde poder estirar
los pies para descansar de la enceguecedora luz del pleno día. Siempre ha sido
más fácil marchar en la noche bajo la mirada de unos pocos nada curiosos.
Simples sombras suspendidas en la penumbra de un sueño estancado y ya olvidado
para beneficio de unos pocos esquizofrénicos con ansias de poder. Es allí donde
ha de estar, olvidado, oxidado y embalsamado. Un lugar, un camino solo de ida,
una isla sin puerto, un barco sin anclar en un mar sin memoria.
viernes, 18 de abril de 2014
martes, 19 de noviembre de 2013
An End Has a Start
Siempre al acecho, levanta la
persiana, da una ojeada del otro lado, nada. Toma un cigarro, pone el “Push the
sky away” de Nick Cave, enciende el
cigarro, levanta la persiana, da una ojeada del otro lado, nada. Reconfirma la
hora en su reloj de pulso, lo sincroniza con su reloj de pared, tan solo 7
segundos de adelanto y todo vuelve a la normalidad. Tararea el coro de “Wide
lovely eyes”, exhala una bocanada de humo y antes de sentarse en el sillón,
levanta la persiana, da una última ojeada del otro lado….. nada. No ha pasado
ni una hora desde que ella se marchó sin decir tan solo “adiós”, “ya regreso”, “me
largo”. Con un cigarro bastará, uno nada más y entonces ya no tendrá que
esperar más.
Los pasos presurosos por la vieja
escalera de madera lo despiertan. Mierda! Se ha quemado su bata con la ceniza
del cigarro extinto. Se abalanza sobre la puerta y antes de que esta se abra
desde afuera la asegura con la cadena y da dos vueltas a la llave. Esta vez no
entrará, no esta vez, mucho menos ahora que definitivamente es la última vez.
Ya ha sentido este ímpetu antes, muchas veces, esta vez espera que no
desaparezca con la primera duda, con la primera idea. Debe poner su mente en
blanco, arranca la nota pegada sobre la pantalla de su computador: “No Pienses” y la pega sobre la puerta
hermetizada. Desde afuera vienen golpes, arañazos, insultos y mucha saliva.
Nick Cave ha estado cantando por
horas ininterrumpidamente y quién sabe cuántas veces ha cantado ya esta
canción. Es “Jubilee street”. La ventana entreabierta deja que esa única voz salga
del departamento para escabullirse entre las calles mojadas y vuelva a subir
por las escaleras para empujar la puerta con más fuerza. ¿Qué hacer? ¿Qué carajos
hacer? Debe pensar, es lo único que lo puede salvar de su trágico destino.
Desprende la nota de la puerta y la tira lejos, gira la llave dos veces en
sentido contrario y retira la cadena. Dos, tres, cuatro y cinco disparos cruzan
el marco de la puerta y por entre ellos el final de la canción que se escurre
hasta desaparecer. “Mermaids” comienza con una frase, la primera y última de
todas, una idea, un epitafio, un sueño: “She
was a catch, we were a match, i was the match, that would fire up her snatch…”
... silencio…
martes, 5 de noviembre de 2013
05/11/2013
El desayuno de la mañana: la
primera imagen suculenta del día -después de las largas piernas de su soñolienta
mujer estiradas sobre la cama-. Huevos revueltos con cebolla, tomate y maíz
tierno; un pan de queso (caliente); una taza de café con un poquito de leche y
un poco de mermelada de mora. No necesitaba más para medio sonreír antes de que
lo atacaran los pensamientos y recuerdos horribles que solo le producían escalofrío. Masticó los huevos cremosos y bebió un sorbo de café.
Algo estaba mal. No lo supo inmediatamente y mientras su cerebro identificaba
el error, miró de reojo a su alrededor. Siempre había esperado que de atrás
de alguna pared saliera un equipo de producción con camarógrafo, sonidista,
script y realizador para decirle “tranquilo, tranquilo, es una joda para
Videomatch!”, a lo que él respondería con una buena puñetera seguida de un
inconsolable llanto y una serie de preguntas que lograran despejar todas las
dudas que siempre había tenido, todas sin excepción. Hubiera sido más sencillo
si uno de esos escritores solitarios y con su vida hecha un caos hubiera sido
quien escribiera esa escena que estaba viviendo, aún en calzoncillos y con
lagañas esparcidas por sus párpados. Pero no. No había realidad más cruda e
insípida que la que estaba viviendo en ese preciso instante, pues lo extraño de todo
el asunto era que lo putos huevos no le sabían a nada y, en cuanto al café, le
sabía a yogur de melocotón. Su respiración comenzó a agitarse y su pie derecho
empezó a repetir el mismo movimiento insistentemente de arriba hacia abajo a
782 Km/h. Miró el reloj de pared colgado en la sala. Marcaba las 8:82 de la
mañana. Estaba temprano, si no fuera porque los 60 minutos regulares se habían
extendido sobrepasándose hasta 82. Mierda, mierda, ¿qué carajos hacer? Arrancó
un pedazo de pan de queso y le esparció mermelada encima. Miró un momento el
trozo de harina blancuzca que parecía tener una hemorragia de mora agridulce y
se lo llevó a la boca. Cerró los ojos como si invocara el poder de todos los dioses del
universo en busca de la respuesta acertada para ese instante. El reloj avanzó
aún un minuto más; ya eran las 8:83 am. Sus papilas gustativas se activaron secretando más saliva de la normal. Los camarones al ajillo nunca le
habían sabido tan bien bajo la apariencia de un simple pan de queso untado de
mermelada de mora. Engulló el bocado y permaneció en silencio unos segundos. La
tetera pitó. El agua para el té de su mujer ya debía estar lista. ¿Desde cuándo
le gustaba el té a su mujer? Era ella la que siempre se despertaba primero y
preparaba dos tazas de café para ambos. Luego se sentaban en la cama y
sintonizaban en el televisor al gordo con cara de Umpa Lumpa que recitaba los
signos zodiacales y toda clase de consejos para tener un día lleno de paz y
amor. Detestaba la presencia casi galáctica del tipejo pero tenía que admitir
que más de una vez se sorprendió con sus "predicciones". La tetera siguió pitando
pero nadie acudía en su ayuda así que no tuvo más remedio que pararse de la
mesa e ir por ella, pero antes de que la alzara del fogón, ya se había callado.
Sirvió el agua en el pocillo de su mujer, el mismo que llevaba el nombre de su
signo zodiacal, soltó en él una bolsa de té de frutos rojos y la mezcló con dos
cucharaditas de azúcar. Ya conocía la medida exacta y la delicadeza de su paladar. Caminó hasta el cuarto donde ella descansaba. Dejó el pocillo sobre la
mesa de noche y levantó con mucho cuidado las cobijas para despertarla, pero
cuando lo hubo hecho por completo, se encontró con que una llama rumiante
descansaba en la cama. Bueno, eso sí que era raro e impensable. Su mujer
siempre le había recriminado el hecho de que fuera tan distraído y olvidadizo,
pero sin duda, no podía serlo tanto como para no darse cuenta de que había
estado conviviendo con una llama durante los últimos 4 años. ¿Qué hacer?
¿Despertarla para interrogarla? ¿Obligarla a tomar una ducha para despercudir
sus lanas? ¿O, simplemente llevarle un atado de heno para acompañar el té? No
había enfrentado tantos dilemas desde aquella vez en que apostó a los caballos
por primera y única vez. Tantos caballos reunidos, tantas habilidades y
debilidades, tantos enanos jinetes haciéndose fieros entre sí, pero sobre todo,
tan poco dinero a cambio de tantos conceptos tan ambiguos. Tanto lo pensó que terminó perdiendo y tuvo
que devolverse en un atestado bus repleto de enfermos terminales que hacían su
última parada antes de regresar al hospital para siempre. La llama seguía ahí, profunda,
con los ojos en estado REM y un leve tic en su mandíbula. Tal vez soñaba con un
suculento desayuno en casa de algún magnate, o con un partido de fútbol en las
praderas andinas del Perú. Tal vez ni soñaba y el único que todavía lo hacía
era él. Así que sin echarle más cabeza al asunto, bebió el té de frutos rojos azucarado, se arropó junto a su llama y la besó con ternura en la
oreja. Sintonizó el canal de astrología y lo único que oyó fue: "Prepárate porque me sale el arcano del extraño y la carta de la inocencia..."
lunes, 14 de octubre de 2013
CN-
Esperar tanto habiendo perdido
tan poco, ese fue el verdadero problema de todo esto. Nunca pudo darse cuenta,
no hasta esa noche helada en la que pudo por fin reconocerse frente al espejo;
flaco, ojeroso, abandonado y lesionado hasta el puto último hueso se dio cuenta
de que ya no era el mismo de antes. Finalmente y tras mucho esfuerzo, que hasta
ese momento pensó había sido en vano, se había movido hacia algún lado, no
importa cuál, pero se había movido. De hecho, se había sacudido todo ese miedo
y rabia con los que cargaba desde hacía ya años. El principio siempre era el
mismo final y eso, de alguna manera, le molestó sobremanera pues siempre que
intentaba evitarlo terminaba por caer más hondo, como un supositorio de
cianuro. Bien, se amarró bien los zapatos, tomó su morral y cruzó la puerta
para nunca más volver. Ya tenía una meta clara y tan solo faltaba derrotar esas
3 horas que aún tenía para transportar esos supositorios antes de que le
rompieran el culo.
- Listo Rodri?
- Tan listo como un supositorio de cianuro metido
entre el culo.
El carro de Adolfo cruzó las
calles sin detenerse en ningún semáforo. Era tan tarde que ya todos estaban
sincronizados en la luz amarilla y no hubo necesidad de mirar hacia ningún lado
antes de adentrarse en la ciudad que parecía devorarse al viejo Reanult 9
anaranjado. Al cabo de un rato, se detuvieron frente a la antigua fábrica de
cerveza ahora infestada de indigentes y vagos que adornaban el set como una
secuencia infernal de The Walking Dead.
- Espéreme acá. Si no regreso en media hora…
- Todo bien, yo lo espero – Interrumpió Adolfo
apagando el motor.
El suelo estaba húmedo aún por el
torrencial aguacero de hacía unas horas. El olor a bazuco y Mustang rojo creaba
una cortina de humo tras la que no se escondía más que miseria y sueños
destruidos. Para evitar eso, precisamente, era que Rodrigo llevaba metidos en
su culo más de 70 millones de pesos así que la molestia al caminar y el
punzante dolor le importaban literalmente un culo.
Dos hampones que se esforzaron en
vano en ponerse su mejor ropa para ese día se interpusieron en el camino de
Rodrigo obligándolo a detenerse.
- Y este pa’dónde cree que va? – Preguntó el más
enano, que también era el más gañán.
Rodrigo no necesitó llenarse de
valor pues ya le comenzaba a entrar el afán por entregar la mercancía y salir
de ahí directo a San Andrés para seguir con su “plan de huída”. Así lo había
bautizado desde el primer momento en que comenzó a concebirlo.
- Voy pa’donde su gran puta madre. Quítense de ahí
que vengo a ver a Freddy y voy tarde.
Cruzó por en medio de los
hampones que no tuvieron otro remedio que dejarlo pasar pues antes de que
cayeran en cuenta de lo que acababa de pasar, ya Rodrigo estaba sentándose
frente a Freddy en una silla de cuero bien rota por todas partes.
- Al fin llegó el culipronto! – Se burló Freddy,
al tiempo que los pocos secuaces suyos que aún podían reírse lo hicieron. El
resto, estaba obnubilado por una burbuja de polvo de ladrillo quemado que no
los dejaba ni parpadear.
- Cómo hacemos? Entrégueme la plata y le paso lo
suyo – Dijo Rodrigo muy seguro.
- Fresco, fresco mi chino, que acá no está
tratando con los de su calaña – Eso estaba clarísimo para Rodrigo.
Freddy hizo
una seña con la mirada y uno de sus andrajosos trajo un viejo y colorido morral
Totto lleno de dinero en efectivo. Billetes de 20 mil y de 50 mil regados como
papel higiénico en baño de colegio. ¿A qué horas iba a contar toda esa plata si
lo que más quería era sacarse esos putos supositorios y largarse de ahí?
-
¿Qué pasa chino? ¿No confía en nosotros? – Se
burló Freddy, a lo que todos los que estaban en la habitación, incluso los que
todavía no había visto Rodrigo, se carcajearon entre flemas y toses de todos
los tonos.
-
Bueno, pues ya está. Mi amigo se lleva la plata
y yo le entrego lo suyo – Interrumpió Rodrigo. Si el silencio le erizó los
pelos de la nuca, la mirada fija de Freddy le volvió la piel transparente. Era
una jugada válida en medio de tanta hampa y lo que menos quería Rodrigo era
salir en una bolsa negra de ese espantoso lugar.
Si esta fuera una historia de héroes y
villanos, de buenos y malos, muy seguramente alcanzaríamos a pensar que Rodrigo
y Adolfo saldrían victoriosos tras el charco ensangrentado sobre el que
descansaría el cuerpo de Freddy. Si fuera una historia de estas, al día siguiente
Rodrigo y Adolfo estarían fornicando con turistas alemanas libidinosas en las
playas paradisíacas de alguna isla del Caribe sin importarles un carajo los
tales supositorios ni el uso que le daría la mafia callejera de la inmunda
Bogotá. Pero no. Esta no es una de esas historias y ya untado el dedo… Solo
queda por decir que Rodrigo pudo salir con vida, con el ano vacío y con un
morral lleno de papel periódico con algunos billetes falsos. Paradójico hubiera
sido que fuera papel higiénico. No hubo viaje a San Andrés; sí lo hubo a Apulo;
no hubo langosta en salsa de uva; sí hubo pincho de rata crucificada. Y del
mismo modo, no hubo supositorios de cianuro, el “último gran invento”; sí hubo
un gran cagadón de Advil Max Forte en el sórdido baño de Freddy que, en efecto
y tras limpiar este gran desastre terminó por hacerse a la idea de que para
suicidarse hay que ser todo menos un cagado.
lunes, 7 de octubre de 2013
Run like hell
Huyendo siempre del instante distante
y único no pudo darse cuenta de lo que había pasado porque apenas sospechó, ya la
idea era un terco recuerdo que se negaba a perder su valor.
domingo, 28 de julio de 2013
Rather Be
Fue un día largo pues tuvo que
untarse de mucha gente. Tenerlos tan de cerca invadiendo su espacio vital como
única opción, hizo que cada minuto de esa tarde pareciera eterno. No tuvo más
remedio que salir a la calle pues la cama con medio lado vacío no le era
suficiente. Agarró la primera chaqueta que encontró, esa que hacía meses no
usaba y se puso las botas que compró para caminar kilómetros en solitario,
acompañado siempre de una extensa selección musical que incluía un bajo predominante
y una que otra voz femenina para refrescar tanta viscosidad. ¿Cómo enfrentar el
caos de una ciudad atestada de chatarra y carne olorosa? Esa era la pregunta
recurrente a la que debía enfrentarse desde el momento en que se llenaba de
coraje para poder entrar a la ducha con la entereza de un hombre que había dado
la vuelta al Sol más de treinta veces. Y era ahí desde donde siempre había
podido tomar las mejores y más inteligentes decisiones de su vida, ya fuera
sentado en su trono o refregándose los bucles de la entrepierna bajo la
seductora agua hirviente que Boccherini
le regalaba todas las mañanas. Ya vestido y acicalado, le era imposible no
sentir que por más de que lo intentara quedaba siempre fuera de su elemento,
pues no había más que mirar hacia adelante para saber que todo marchaba en
dirección completamente opuesta a la que sus ojos estaban acostumbrados desde
hacía ya bastante tiempo. Caminó un rato más siguiendo a la gente que sabía
hacia donde iba, pero al poco tiempo se aburrió y dio media vuelta para
retornar a las faldas de la montaña en la que siempre se refugió para escapar
del horizonte infinito que se abría hacia ninguna parte. Solo ahí, recibiendo el Sol en su terraza y sosteniendo la chaqueta que no alcanzó a ponerse, encontró lo
que nunca tuvo que buscar pero siempre pudo ratificar.
jueves, 11 de julio de 2013
INSIGHT
Muchas mañanas se despertó
formulándose la misma pregunta. Días enteros rondó por su cabeza la oración
pero la respuesta no llegaba. Algo se veía al final, un destello, pero en conclusión,
nada pudo responder. Emprendió varios viajes, anduvo por muchos caminos, tomó diferentes
manos, unas sudorosas, otras carrasposas, solo unas pocas muy suaves. Tampoco
halló la respuesta en el horizonte cuando el Sol se ocultaba para dar paso al
cielo estrellado. Buscó bajo el agua, en la cima congelada de las montañas, en
la mirada astuta de los niños, en las lágrimas de quienes no quisieron seguir a
su lado, pero la respuesta no llegaba. Cansado, derrotado y sin esperanzas, se
jugó la última carta; su última oportunidad. Eran ya las 5 y media de la tarde
cuando llegó al balcón de su habitación. Estaba solo a pesar de tener a mucha
gente a su alrededor. No soportaba la adulación ni tener que sonreír cuando las
palabras se terminaban. Encendió un cigarrillo esperando elevar su espíritu
hasta alturas cinematográficas, pues de alguna manera, fumar era lo más próximo
que de la muerte podía estar. En los detalles reside la magia. Así, que sin más
remedio, imaginó, voló y nunca más volvió.
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