Si su orgullo pudiera haberse
materializado, habría podido cargarlo en uno de sus bolsillos sin ningún
problema. Incluso habría podido perderse en uno de ellos y refundirse entre las
motas de tela negra de su jean. Pero lo aterrador del asunto no era este dato;
sí lo era, en cambio, la repentina materialización de su Culpa desde hacía años
y su posterior huída. Después de tantos años de respetable convivencia, de
justas palabras y de canciones desgarradoras, ella se había ido sin dejar ni
una maldita nota sobre la cama. Las cobijas aún estaban revueltas cuando llegó
a casa después de enfrentar las latas calientes de millones de carros que
recubrían la ciudad. No fue por el silencio, no fue por el olor, tampoco fue
por el dolor. Simplemente tuvo la sensación de haber recibido un patadón en su
hígado y luego, como una epifanía llegó la frase: era libre. Lo primero que
hizo fue sentarse en el sanitario y liberar toda la tensión que había acumulado
desde que sonó la alarma del reloj despertador esa mañana. Pudo alzar la mirada
y descubrir en el espejo el reflejo de su decrépito cuerpo arqueado expulsando
el dolor hecho mierda. No podía oler de otra manera, le era tan familiar que
quiso sentirse avergonzado, pero entonces se dio cuenta de que ella también se
había llevado ese sentimiento tras de sí. La noche cayó y las estrellas
intentaron brillar un rato antes de que una gran nube oscura las obstruyera
para hacer aún más melancólico ese instante. Quiso encender su equipo de sonido
pero para ello necesitaba una canción, una simple canción que en 3:30 minutos
resumiera todo lo que estaba sintiendo. Repasó mentalmente el listado de
opciones pero no pudo detenerse en ninguna. Una idea lo invadió: era un puto
emo. Todas las canciones, sin excepción, no eran otra cosa que historias de
fracasos, dolores entrañables y jaquecas que se aireaban en las calles grises
de una ciudad sacada de una novela gráfica dibujada por el hijo de Beth Gibbons
e Ian Curtis a tinta china negra, muy negra. Tanto tiempo invertido en
cuidarla, consentirla, mimarla, soportarla, amarla y al final de cuentas estaba
en el mismo punto de partida en solitario y sin ella. Había logrado separarla
de su soledad y ahora hacía una nueva vida lejos de ahí para dejarlo hundido en
recuerdos insoportablemente alegres.
martes, 16 de junio de 2015
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Hands up...
Aferrado a este arbusto
evadiendo la caída libre que ni con un paracaídas podría amortiguar. Escapando
del dolor por la sangre derramada y los huesos fracturados contra la roca
áspera y filosa. Suspendido plácidamente se preguntaba una y otra vez qué
verían sus ojos si se reventaran contra el suelo de una sola vez ¿Habría algo
más que alivio del otro lado? No podría saberlo si no aflojaba sus dedos y
dejaba escurrir su cuerpo por la pendiente. Tal vez el viento fuera tan fuerte
como para ayudarlo a planear y descender progresivamente sin hacerse mayor
daño. No. No en este planeta regido por claras y contundentes leyes
gravitacionales de las que no podía escapar. Solo del tiempo podía hacerlo,
escabulléndose como mercurio entre rejillas de acero para traspasarlas y
volverse a unir del otro lado como un nuevo ser. Pero el deseo puro y concreto
que rebosaba en su interior no era el de salir intacto de esta situación, por
el contrario, solo quería romperse en mil pedazos para que el viento arrastrara
sus restos tan alto en el cielo que ni la lluvia misma los pudiera hacer
descender de nuevo. Pero para poderse perder en el firmamento antes debía
encontrarse y para esto, no tenía otra alternativa que seguir aferrado a este
arbusto hasta que alguno de los dos se rindiera ante tanta persistencia.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Res nata
Antes de que tuviera tiempo de
respirar profundo en su sillón, ya tenía compañía y ésta se hizo presente en
forma de dos ideas muy arraigadas, una a cada lado de sus enrojecidas orejas.
“La vida va a seguir pasando
estés o no en ella. No te preocupes por tratar de moldearla ni de acomodarte.
Simplemente anda, mira al frente enfocando bien para no distraerte en el
recorrido y permite que en tu camino se cruce solo quien lo merezca. El resto,
son solo momentos enmarcados en días, minutos y fracciones de tiempo que
alguien ya bautizó muy a su manera. “ – Dijo la de su derecha.
“Lo que te hace único es la
manera en que recorras los caminos que ante ti se presentarán, elijas el que
hayas de elegir. Al final descubrirás que ningún miedo hubo de ser tan fuerte
como para no ser diluido en una tenue y constante lluvia.” – Dijo la de su
izquierda.
Se puso de pie y encendió su
reproductor de MP3. La primera canción en su lista personal comenzó de buena
manera haciendo teñir sus nervios de un azul zafiro que hacía tiempo no sentía
tal vez por la falta de estímulos suficientes en su aletargado y malacostumbrado
cuerpo. “Heartbreaker” comenzó a desprenderse de la aguda voz de Robert Plant
que comenzó a surfear sobre las vibrantes cuerdas de Jimmy Page que se sostenía
sobre el grueso sendero demarcado por el bajo de John Paul Jones y todo
enmarcado por la pulcra percusión de John Bonham. La habitación se estremeció
desde las tablas del piso hasta el altillo abandonado hacía generaciones y todo
comenzó a adquirir ese tono de azul que ahora comenzaba a recordar. Siempre
estuvo consigo, lo llevó a todas partes, lo saboreó con cada nueva experiencia
y nunca se desprendió de él pese a las distracciones de las que fue víctima.
La canción termina dejando tras
de sí un eco indisoluble. Todos están muertos, Bonhamn primero, luego los demás.
Se sienta de nuevo en el sillón, ellas ya se han marchado, solo queda el color
y la luz que empieza a diluirse con cada exhalación. Cierra los ojos por
primera vez, respira por última y el azul zafiro se hace eterno. Ya no duele.
Ya no hay duda. Ya no hay nada.
viernes, 8 de agosto de 2014
FEUILLES
Tan solo esperaba que su propia intransigencia fuera
suficiente para deshacerse de la culpa que sentía al ver su propia sombra. Llevaba
meses sin conectar una palabra con otra; era tormentoso. La música era lo único
que le permitía percibir esa empatía entre sus signos vitales y el movimiento
natural de la rutina a su alrededor sin que pesaran más la culpa y el dolor. Se
sentía defraudado por quien no fue, por la palabra nunca dicha, por el reflejo
jamás tocado. Aún traía consigo algo, tal vez mucho, de ese tiempo perdido que
hacía meses había dejado de pesar para comenzar a convertirse en recuerdos nada
más. Lo que antes fue, fuera lo que fuera, era ya un montón de papel arrugado
en una cesta de basura y por mucho que intentara desarrugar las hojas para
encontrar las palabras afines ya le era simplemente imposible. Solo hay sonidos
que brotan y desaparecen con tanta frecuencia como los latidos del corazón
retumbando en una caja torácica. Cada sonido son mil palabras y cada palabra
son otros mil latidos que se niegan a desaparecer a pesar de nunca haber sido
escritos.
viernes, 18 de abril de 2014
Hold fast
Si hubiera perdido la cordura,
esto ya le habría ahorrado un buen trecho en el camino por recorrer. No importa
cuán exigente se pueda llegar a ser, siempre está la duda de si el sendero es
el correcto y si éste llevará hacia un claro en el bosque donde poder estirar
los pies para descansar de la enceguecedora luz del pleno día. Siempre ha sido
más fácil marchar en la noche bajo la mirada de unos pocos nada curiosos.
Simples sombras suspendidas en la penumbra de un sueño estancado y ya olvidado
para beneficio de unos pocos esquizofrénicos con ansias de poder. Es allí donde
ha de estar, olvidado, oxidado y embalsamado. Un lugar, un camino solo de ida,
una isla sin puerto, un barco sin anclar en un mar sin memoria.
martes, 19 de noviembre de 2013
An End Has a Start
Siempre al acecho, levanta la
persiana, da una ojeada del otro lado, nada. Toma un cigarro, pone el “Push the
sky away” de Nick Cave, enciende el
cigarro, levanta la persiana, da una ojeada del otro lado, nada. Reconfirma la
hora en su reloj de pulso, lo sincroniza con su reloj de pared, tan solo 7
segundos de adelanto y todo vuelve a la normalidad. Tararea el coro de “Wide
lovely eyes”, exhala una bocanada de humo y antes de sentarse en el sillón,
levanta la persiana, da una última ojeada del otro lado….. nada. No ha pasado
ni una hora desde que ella se marchó sin decir tan solo “adiós”, “ya regreso”, “me
largo”. Con un cigarro bastará, uno nada más y entonces ya no tendrá que
esperar más.
Los pasos presurosos por la vieja
escalera de madera lo despiertan. Mierda! Se ha quemado su bata con la ceniza
del cigarro extinto. Se abalanza sobre la puerta y antes de que esta se abra
desde afuera la asegura con la cadena y da dos vueltas a la llave. Esta vez no
entrará, no esta vez, mucho menos ahora que definitivamente es la última vez.
Ya ha sentido este ímpetu antes, muchas veces, esta vez espera que no
desaparezca con la primera duda, con la primera idea. Debe poner su mente en
blanco, arranca la nota pegada sobre la pantalla de su computador: “No Pienses” y la pega sobre la puerta
hermetizada. Desde afuera vienen golpes, arañazos, insultos y mucha saliva.
Nick Cave ha estado cantando por
horas ininterrumpidamente y quién sabe cuántas veces ha cantado ya esta
canción. Es “Jubilee street”. La ventana entreabierta deja que esa única voz salga
del departamento para escabullirse entre las calles mojadas y vuelva a subir
por las escaleras para empujar la puerta con más fuerza. ¿Qué hacer? ¿Qué carajos
hacer? Debe pensar, es lo único que lo puede salvar de su trágico destino.
Desprende la nota de la puerta y la tira lejos, gira la llave dos veces en
sentido contrario y retira la cadena. Dos, tres, cuatro y cinco disparos cruzan
el marco de la puerta y por entre ellos el final de la canción que se escurre
hasta desaparecer. “Mermaids” comienza con una frase, la primera y última de
todas, una idea, un epitafio, un sueño: “She
was a catch, we were a match, i was the match, that would fire up her snatch…”
... silencio…
martes, 5 de noviembre de 2013
05/11/2013
El desayuno de la mañana: la
primera imagen suculenta del día -después de las largas piernas de su soñolienta
mujer estiradas sobre la cama-. Huevos revueltos con cebolla, tomate y maíz
tierno; un pan de queso (caliente); una taza de café con un poquito de leche y
un poco de mermelada de mora. No necesitaba más para medio sonreír antes de que
lo atacaran los pensamientos y recuerdos horribles que solo le producían escalofrío. Masticó los huevos cremosos y bebió un sorbo de café.
Algo estaba mal. No lo supo inmediatamente y mientras su cerebro identificaba
el error, miró de reojo a su alrededor. Siempre había esperado que de atrás
de alguna pared saliera un equipo de producción con camarógrafo, sonidista,
script y realizador para decirle “tranquilo, tranquilo, es una joda para
Videomatch!”, a lo que él respondería con una buena puñetera seguida de un
inconsolable llanto y una serie de preguntas que lograran despejar todas las
dudas que siempre había tenido, todas sin excepción. Hubiera sido más sencillo
si uno de esos escritores solitarios y con su vida hecha un caos hubiera sido
quien escribiera esa escena que estaba viviendo, aún en calzoncillos y con
lagañas esparcidas por sus párpados. Pero no. No había realidad más cruda e
insípida que la que estaba viviendo en ese preciso instante, pues lo extraño de todo
el asunto era que lo putos huevos no le sabían a nada y, en cuanto al café, le
sabía a yogur de melocotón. Su respiración comenzó a agitarse y su pie derecho
empezó a repetir el mismo movimiento insistentemente de arriba hacia abajo a
782 Km/h. Miró el reloj de pared colgado en la sala. Marcaba las 8:82 de la
mañana. Estaba temprano, si no fuera porque los 60 minutos regulares se habían
extendido sobrepasándose hasta 82. Mierda, mierda, ¿qué carajos hacer? Arrancó
un pedazo de pan de queso y le esparció mermelada encima. Miró un momento el
trozo de harina blancuzca que parecía tener una hemorragia de mora agridulce y
se lo llevó a la boca. Cerró los ojos como si invocara el poder de todos los dioses del
universo en busca de la respuesta acertada para ese instante. El reloj avanzó
aún un minuto más; ya eran las 8:83 am. Sus papilas gustativas se activaron secretando más saliva de la normal. Los camarones al ajillo nunca le
habían sabido tan bien bajo la apariencia de un simple pan de queso untado de
mermelada de mora. Engulló el bocado y permaneció en silencio unos segundos. La
tetera pitó. El agua para el té de su mujer ya debía estar lista. ¿Desde cuándo
le gustaba el té a su mujer? Era ella la que siempre se despertaba primero y
preparaba dos tazas de café para ambos. Luego se sentaban en la cama y
sintonizaban en el televisor al gordo con cara de Umpa Lumpa que recitaba los
signos zodiacales y toda clase de consejos para tener un día lleno de paz y
amor. Detestaba la presencia casi galáctica del tipejo pero tenía que admitir
que más de una vez se sorprendió con sus "predicciones". La tetera siguió pitando
pero nadie acudía en su ayuda así que no tuvo más remedio que pararse de la
mesa e ir por ella, pero antes de que la alzara del fogón, ya se había callado.
Sirvió el agua en el pocillo de su mujer, el mismo que llevaba el nombre de su
signo zodiacal, soltó en él una bolsa de té de frutos rojos y la mezcló con dos
cucharaditas de azúcar. Ya conocía la medida exacta y la delicadeza de su paladar. Caminó hasta el cuarto donde ella descansaba. Dejó el pocillo sobre la
mesa de noche y levantó con mucho cuidado las cobijas para despertarla, pero
cuando lo hubo hecho por completo, se encontró con que una llama rumiante
descansaba en la cama. Bueno, eso sí que era raro e impensable. Su mujer
siempre le había recriminado el hecho de que fuera tan distraído y olvidadizo,
pero sin duda, no podía serlo tanto como para no darse cuenta de que había
estado conviviendo con una llama durante los últimos 4 años. ¿Qué hacer?
¿Despertarla para interrogarla? ¿Obligarla a tomar una ducha para despercudir
sus lanas? ¿O, simplemente llevarle un atado de heno para acompañar el té? No
había enfrentado tantos dilemas desde aquella vez en que apostó a los caballos
por primera y única vez. Tantos caballos reunidos, tantas habilidades y
debilidades, tantos enanos jinetes haciéndose fieros entre sí, pero sobre todo,
tan poco dinero a cambio de tantos conceptos tan ambiguos. Tanto lo pensó que terminó perdiendo y tuvo
que devolverse en un atestado bus repleto de enfermos terminales que hacían su
última parada antes de regresar al hospital para siempre. La llama seguía ahí, profunda,
con los ojos en estado REM y un leve tic en su mandíbula. Tal vez soñaba con un
suculento desayuno en casa de algún magnate, o con un partido de fútbol en las
praderas andinas del Perú. Tal vez ni soñaba y el único que todavía lo hacía
era él. Así que sin echarle más cabeza al asunto, bebió el té de frutos rojos azucarado, se arropó junto a su llama y la besó con ternura en la
oreja. Sintonizó el canal de astrología y lo único que oyó fue: "Prepárate porque me sale el arcano del extraño y la carta de la inocencia..."
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