domingo, 23 de octubre de 2022

Namaste 🙏🏻

Me emput4 esa gente que escribe 256 líneas y 18 párrafos en publicaciones de Facebook solamente para exponer su maldito punto de vista -que a poca gente le importa y que por lo general nadie le ha pedido expresar- esperando aparte de todo que nadie les refute ni les opine lo contrario porque si no saltan como hienas a despedazarle la yugular al que se haya atrevido a opinar o a expresar su “humilde opinión” sobre un asunto que tampoco debería importarle si no es porque cayó ahí de pura carambola rebotando de un lado a otro por culpa del algoritmo que todo lo maneja en este plano -y en los demás también- y no paro de preguntarme ¿acaso esas personas no tienen una vida para desperdiciar como hacemos todos los demás?  ¿acaso no tienen gatos o perros o hámsters o iguanas para preocuparse por sus dentaduras y llevarlos a una sesión de profilaxis urgente antes de que se queden muecos? ¿acaso no tienen la claridad mental suficiente como para escribir en 2 renglones una idea o un argumento o un ataque certero que resuma todo y deje el tema concluido de una vez y para siempre? ¿acaso las ideas que van teniendo las van escribiendo así sin el filtro editorial que uno le mete a todo cada vez que se va a dormir y dura horas y horas dando vueltas en la cama con la almohada sudada de tanta pensadera dándose con ramas de ortiga en la espalda alta -media y baja- por lo que dijo hace 32 años o por lo que debió decir hace 7 o por lo que sabe que dirá -porque lleva años planeándolo- cuando sepa en qué va a terminar esa maldita situación a la que no hace más que darle vueltas y de la que ya ha sacado 73 versiones de finales alternativos? Esta gente debería migrar y armar un blog en .blogspot.com para que el algoritmo les lleve gente y para que les lleve a ese “público objetivo” o “target” que ya dejó de ser secreto que desean con todo su ego rebosante de fuentes de información y links y noticias de medios alternativos y mainstream que llevan a más lugares y que nos van hundiendo a todos en ese espiral del que hablaban los chinos antes de volverse comunistas malvados y que hasta ahora estamos descubriendo que era el mismo del que hablaban las culturas ancestrales que sobreviven en la selva sin internet ni redes sociales ni opiniones de ningún tarado que lo único que quiere es atención de alguien en el mundo virtual porque en el mundo real está solo -muy solo- y aferrado a un teclado que traduce lo que a veces no debería ni siguiera escribirse por pura decencia y respeto con los más de 315.000 años de historia desde que el homo sapiens apareció en la Tierra como descendiente de otra especie y de otra y de otra y de otra que pudo sobrevivir flotando entre algas y popó de moluscos de mar sin Facebook y sin su p*uta opinión. 

#namasteॐ

jueves, 11 de junio de 2020

I.

No podía creer que fuera ella, la misma persona que me regaló su pañoleta de seda para que me la colgara como una capa y pudiera escaparme volando muy lejos de acá. La misma que me compraba dinosaurios pequeños de todas las especies para que jugara en la cafetería de Los 3 Elefantes mientras comíamos pasteles deliciosos y nos reíamos juntos. No podía ser la misma persona, ella siempre tuvo un pelo precioso y brillante. Se vestía muy elegante, caminaba derecha y con la frente en alto. Así era ella, no como esta pobre mujer tullida en una cama con la cabeza calva, con la cara llena de angustia y dolor y con los últimos dedos de sus pies doblados y montados uno encima del anterior. Apenas la vi me cagué del susto, grité y salí corriendo de su cuarto llorando. Nunca olvidaré la última vez que vi a mi abuela Tita. Al poco tiempo murió. Cuando le preguntaba a mi abuelo qué era lo que más le gustaba de su esposa, me respondía: “Tita era menudita y bonita. Parecía una muñequita”. Mi abuelo era alto, ancho y venía de un pueblo perdido entre las montañas del salvaje Santander. Era un tipo duro y recio que todas las noches calentaba bajo el calor de la lámpara de su mesa de noche las balas de su revolver para luego meterlas en el barril y dormir con el arma bajo la almohada. Por él conocí a Hitler, a Churchil, a Hiro Hito, a Mussolini y a Charles de Gaulle. También me presentó a Don Quijote y a su escudero Sancho Panza mientras me contaba sus aventuras y me mostraba los dibujos que el gran Doré había ilustrado en dos tomos bellísimos de lomo café adornado con tejidos dorados. De mi abuelo y Doré también conocí cada una de las historias sangrientas y heróicas consignadas en la Sagrada Biblia de color rojo que sobresalía en la gran biblioteca llena de “souvenirs” que mi propio abuelo había comprado en cada uno de los países que visitó cuando fue embajador en Europa durante los años 60. Un par de veces al año le ayudaba a bajarlos todos de la gran biblioteca y los subíamos hasta el baño de su cuarto donde con ayuda de un par de cepillos de dientes y agua los limpiábamos. Recuerdo la panza redonda y las largas orejas del Buda blanco y sonriente que había comprado en China, las vigas detalladas de la Torre Eiffel de París, el endeble Arco Gateway de San Luis, el Cristo Redentor de Río parado sobre el mundo, las 3 Pirámides de Egipto metálicas, también recuerdo a Rómulo y Remo mamando leche de la loba antes de fundar Roma y sobretodo me acuerdo mucho de Don Quijote y Sancho Panza. Cada “souvenir” tenía una historia y todas me las contaba mi abuelo. “¿Qué vamos a leer hoy?”, me preguntaba mientras se tomaba la quijada pensativo repasando los cientos de libros que tenía en la biblioteca. Para mí era un momento muy emocionante pues estaba por descubrir un nuevo mundo, embarcarme en una nueva aventura y mi guía no podía ser mejor que mi Papá León. Mi abuelo se llamaba Cosme y cuando creció se puso como segundo nombre el que mejor describía su espíritu: León. De hecho, sobre su escritorio había un “souvenir” muy especial que tenía reservado este lugar en particular. Se trataba de un león de hierro que rugía exhibiendo una frondosa melena sobre su musculoso cuerpo. Junto a él me sentaba yo, sobre el escritorio de mi abuelo, para que él comenzara a narrarme las historias del libro que había seleccionado como si estuviéramos en una partida de algún juego de rol. Juntos sobrevolábamos las Ardenas hasta llegar a Berlín. De ahí íbamos directo a la batalla de Kursk donde se podían oler los tanques incinerados que pronto quedaban atrás pues seguíamos hasta las ruinas de Stalingrado, “la ciudad que cambió la historia del mundo”, me decía. De ahí volábamos hacia el sur para llegar al Mar Mediterráneo, antiguo Mar Egeo, donde se respiraba tranquilidad y la vida valía más que un puñado de hierro retorcido. Entrábamos por el Nilo hasta el antiguo Egipto donde los faraones nos daban la bienvenida a su reino dominado por un misterioso saber ancestral y finalmente hacia el oriente terminábamos el viaje en Israel, donde Moisés alzaba victorioso las tablas con los 12 mandamientos que el propio Dios le dictó entre regaños y sentimientos de culpa del poderoso líder del pueblo elegido. No pude pasar una infancia más maravillosa en esa inmensa casa de dos pisos de la que siempre tuve la firme sospecha escondía pasillos secretos con tesoros ocultos, pero por más que busqué, nunca encontré nada, sin saber aún que el mayor de todos los tesoros lo había escondido y encriptado muy bien mi abuelo en un lugar al que me costaría mucho tiempo poder llegar.

viernes, 17 de abril de 2020

The New Era

Así fue como llegó la Tercera Guerra Mundial sin dispararse una sola bala. Mientras todos estábamos ocupados marchando en las calles exigiendo un cambio de administración inmediata, de un día para otro terminamos encerrados en nuestras casas temerosos de un enemigo invisible creado en algún laboratorio de un país muy lejano. Si la creación y liberación de este virus había sido, o no, premeditada, tardaría todavía mucho tiempo en saberse. Lo que sí era evidente era que sus creadores habían logrado su cometido: parar por completo a la maquinaria capitalista a la que por tantos años habíamos servido tan obedientemente. El cambio que tanto deseábamos había por fin llegado, pero no en forma de libertad como lo habíamos imaginado, sino por el contrario, en forma de una celda mucho más reducida de la que ya estábamos acostumbrados a habitar. “El tiempo perdido” se nos escapó y no quedó más que una estela de intenciones a la que poco importaba ya perseguir. Solo había tiempo ahora de enfrentar una realidad: la colectiva. Era, de nuevo, tiempo de volver a mirar hacia las estrellas para suspendernos junto a este planeta perdido en la inmensidad de un vacío aterrador y reencontrarnos con nuestra única verdad.

Motorama - "The New Era"

martes, 29 de octubre de 2019

ANANKÉ


El libre albedrío lo había traído hasta donde estaba y esa aparente libertad era ahora una  completa fatalidad con todo el peso que implica tener que arrastrarla a todas partes. El plan había fallado, estaba cansado de oír eso de “debes luchar por lo que amas”. No. Ya no más de esa mierda. No había hecho más que hacerle caso a los jipis y por eso hoy no tenía nada más que un gato gordo para alimentar y una matera con tres plantas carnívoras raquíticas. Debía cambiar radicalmente de profesión y el abanico de posibilidades a sus 40 años ya no era tan amplio. Se había ablandado mucho como para poder ser asesino serial; el apodo de “El Deshuesador de Teusaquillo” ya no lo convencía, mucho menos después de haber llorado tanto la última vez que se repitió Wall-E. Hubo una época -menos blanda- en la que se sintió capaz de hacer todo lo que imaginaba, casi como un Dios entre los puercos mortales. Ahora, su poder estaba diezmado, su encanto se había perdido y comenzaba a oler a eso que olía su bisabuela: a muerto embalsamado en Vick Vaporub. Vale la pena recordar que Julia, su bisabuela, murió de 94 años y cargó con este penetrante olor por más de la mitad de su vida. No era eso lo que quería, no mientras aún pudiera vestir su camiseta ñoña de Star Wars y su pin dorado de Misfits. No era esto para lo que se había estado preparando desde su primera y mediana juventud oyendo la discografía entera de Joy Division en blanco y negro, o el poético Unplugged de Nirvana, o el vehemente Pretty Hate Machine de NIN, o el elegante Murder Ballads de Nick Cave. En este punto ya no podía poner en práctica nada de lo aprendido en El Lobo Estepario, ni en La Peste, ni en La Náusea, muchísimo menos en el Humano Demasiado Humano; todo lo sobrepasaba, nada más servía pues todo era un perpetuo raye. Se había cultivado para nadie más que para sí mismo y nunca había estado dentro de los planes llegar hasta acá, llegar hasta hoy. Había sido castigado por su orgullo con la más cruda sentencia de una tragedia y la cura para que la enfermedad desapareciera era silenciar de una vez por todas a esa puta voz en off con esta lánguida entrevista en in.

jueves, 10 de octubre de 2019

PROGRAMMED

La vida es un flashazo y si los últimos 20 años habían pasado más rápido que eso, los 10 finales se escurrían ya hasta el borde del sifón. En todo este tiempo apenas si había tenido tiempo para ahorrar lo suficiente como para comprarse 2 pares de Dr. Marteens y estas ya se veían tan cuarteadas y arrugadas como las de muchos de sus ídolos posando en blanco y negro como verdaderos outsiders. La banda sonora de la revolución había cambiado tanto que ya le sonaban infantiles y descaradamente inocentes los nuevos himnos de esta generación de siempre bien peinados facilistas. Los pogos le eran ya completamente desconocidos y parecían perderse en el eco de un tiempo ya olvidado donde las dificultades eran amantes y confidentes más que cualquier otra cosa. Estaba completamente fuera de tiempo, como esa bellísima canción de Oasis que oyó por primera vez esa noche mientras tomaba cerveza enlatada y veía los ires y venires de una esponja subacuática que sostenía sus pantalones cortos –y cuadrados- con un par de tirantes flácidos. Ya no era lo mismo, nada era ya lo mismo y sin embargo el flashazo seguía esparciéndose como un diminuto big bang en un inmenso salón dentro de otro inmenso salón y este último dentro de uno más grande con las ventanas muy abiertas, solo que mientras más se acercaba al exterior, al borde, menos veía, menos sentía y menos se divertía. Recordó a Johnny Rotten cantando la canción más real que pudo parir el Punk en plena gira por EU justo cuando parecía alcanzar el despreciable éxito: No fun; no fun at all, Johnny.

Destapó la última cerveza que quedaba en la nevera, cerveza enlatada para mantenerse lo suficientemente atado al pasado y no alcanzar a sentir ni una burbuja de angustia mientras la bebía. Dio un corto sorbo y la saboreó como lo hacen los catadores expertos con el buen vino. La cerveza estaba buena, barata, dorada, aparentemente de Bélgica y refrescante, perfecta para este momento en que ya ningún carro pasaba por las calles que se veían desde la ventana de su estudio en el noveno piso. Hacía frío y allá abajo todo se veía mucho peor, más sucio, menos iluminado, como si algo terriblemente estremecedor se escondiera entre las sombras, algo que no se atrevía a salir del todo pero que con su sola presencia espantaba a quien siquiera pensara en pasar por el andén. Era el miedo, el horror del Coronel Kurtz, la risa descontrolada de Alexander de Large, la mirada segura y altiva de Mickey Knox, la aguja infectada de Renton, la lágrima escurriéndose por la cara sonriente y angustiada de Joaquín Phoenix en su último papel. Era lo mismo que lo llenaba esta precisa noche, la delgada línea que una vez traspasada no le permitiría echarse ni medio paso atrás, el camino sin retorno. Ojalá hubiera tenido algo de tinta azul y un buen trozo de papel para dejar algo más que una huella, una cadena de adn firmemente definida de su puño y letra para hacer más sencilla su identificación cuando el flashazo desbordara ya las ventanas y estas se cerraran tras él para siempre. Solo quedó una lata de cerveza medio llena y "Programmed" de Archive arrastrando todo estroboscópicamente hasta el fondo del sifón.

“… Try to break out
And run for the land
Look out for yourself
This place is selfish, man”


https://www.youtube.com/watch?v=K35KSAtlObc

lunes, 12 de agosto de 2019

Cry, cry, cry

Pidan sus deseos que hoy el cielo está abierto, tan abierto que si no se echó bloqueador por la mañana ya puede ser muy tarde para evitar ese quemado boyaco que solo se ve acá y en los cachetes de los finlandeses. Poca gente es tan rozagante y feliz como un colombiano promedio –porque conozco varios que no están en ese promedio- y es que así parece que se siente un poquito menos el baldado de mierda con el que nos reciben todos los días esos a lo que ni los cachetes se les queman. No confío en alguien que no se quema en esta ciudad, así sea un poquito, al menos el verraco tabique. Si no se quema es que no camina, es que no espera el SITP 91 por una hora en el paradero, es que no tiene “vueltas de banco” por hacer, es que no le gusta caminar para oír música conectado a sus audífonos y armarse su propia banda sonora, es porque prefiere no sentir la vida desde adentro mientras se tuesta desde afuera.

Hoy, mientras caminaba por la 53 y oía “Cry, cry, cry” de Johnny Cash,  pedí un deseo de esos que cuando se sueltan al aire uno siente que se llevan un pedazo de riñón pegado. Dejé que se fuera y comenzara su viaje, le tomé una foto y la subí a mi cuenta de Instagram para chicanear que yo también pido deseos y que siento el tirón renal cuando deseo mucho algo. El cielo estaba tan abierto que apenas tomé la foto la luz que rebotaba en el suelo se devolvió y las nubes se reacomodaron para comenzar a irse llevando al Sol envuelto detrás del horizonte como a una canasta dorada viajando río abajo hasta perderse.

Llegué a mi casa y saludé a Mara y a Napoleón, les di de esa comida con olor a atún que –supongo- también sabe a atún porque se enloquecen solo con ver el paquete. Me eché en la silla del escritorio y comencé a pensar en algo para escribir; algo con música de fondo, siempre con música y algo de oscuridad. Un último rayo de luz desapareció al fondo de la ventana y entonces lo supe: Primero, no habría oscuridad en el cuento, y segundo, alguien ya recogió la canasta con lo que venía dentro y cuando esto comenzaba a parecerse a un viejo cuento bíblico en el país de los gatos y Cleopatra sonó un mensaje entrando al Whatsapp: “Su deseo ha sido recibido. En los próximos días le notificaremos para darle más información”. Napoleón se tiró al sofá lamiéndose toda la cara, Mara raspó la pega de sus platos y yo lo único que pude hacer fue poner a hacer café y cargar el celular para no perderme la entrega final de ese mensaje cualquiera fuera la hora de su llegada.


miércoles, 31 de julio de 2019

Me in you

Se fue a la montaña por la que hacía mucho tiempo se había escurrido siguiendo la sombra de una nube. Recogió los pedazos que fue encontrando y poco a poco, paso tras paso, fue pegando lo que iba recogiendo mientras buscaba darle alguna forma, la que fuera, a eso que una noche había decidido bautizar con nombre propio. Por puro oído -y muy poca malicia- había ido descubriendo el camino que debía abrir entre la maleza y las rocas rojizas que adornaban el suelo erosionado. Sintió como si estuviera ascendiendo desde el fondo del océano hasta la orilla de alguna isla remota rodeada de nada más que agua, piedras y mucha espuma burbujeante. El silbar del viento comenzó a oírse cada vez más cerca a medida que la cima comenzaba a asomarse entre las últimas nubes que se negaban a retirarse como si escondieran el más precioso de todos los tesoros terrenales. Para ese entonces, había ya recuperado su forma original y el vacío contenido entre sus costillas por tanto tiempo estaba por fin contenido en esta peculiar burbuja que rebotaba de lado a lado haciendo vibrar sus propios cimientos. Una última ráfaga de viento sopló sobre la montaña barriendo toda huella y el último rayo de Sol lo cegó por completo dejándolo a merced del que sería su último sueño.