El desayuno de la mañana: la
primera imagen suculenta del día, después de las largas piernas de su soñolienta
mujer estiradas sobre la cama. Huevos revueltos con cebolla, tomate y maíz
tierno; un pan de queso (caliente); una taza de café con un poquito de leche y
un poco de mermelada de mora. No necesitaba más para medio sonreír antes de que
lo atacaran los pensamientos y recuerdos horribles que solo le producían escalofrío. Masticó los huevos cremosos y bebió un sorbo de café.
Algo estaba mal. No lo supo inmediatamente y mientras su cerebro identificaba
el error, miró de reojo a su alrededor. Siempre había esperado a que de atrás
de alguna pared saliera un equipo de producción con camarógrafo, sonidista,
script y realizador para decirle “tranquilo, tranquilo, es una joda para
Videomatch!”, a lo que él respondería con una buena puñetera seguida de un
inconsolable llanto y una serie de preguntas que lograran despejar todas las
dudas que siempre había tenido, todas sin excepción. Hubiera sido más sencillo
si uno de esos escritores solitarios y con su vida hecha un caos hubiera sido
quien escribiera esa escena que estaba viviendo, aún en calzoncillos y con
lagañas esparcidas por sus párpados. Pero no. No había realidad más cruda e
insípida que la que estaba viviendo en ese preciso instante, pues lo extraño de todo
el asunto era que lo putos huevos no le sabían a nada y, en cuanto al café, le
sabía a yogur de melocotón. Su respiración comenzó a agitarse y su pie derecho
empezó a repetir el mismo movimiento insistentemente de arriba hacia abajo a
782 Km/h. Miró el reloj de pared colgado en la sala. Marcaba las 8:82 de la
mañana. Estaba temprano, si no fuera porque los 60 minutos regulares se habían
extendido sobrepasándose hasta 82. Mierda, mierda, ¿qué carajos hacer? Arrancó
un pedazo de pan de queso y le esparció mermelada encima. Miró un momento el
trozo de harina blancuzca que parecía tener una hemorragia de mora agridulce y
se lo llevó a la boca. Cerró los ojos como si invocara el poder de todos los dioses del
universo en busca de la respuesta acertada para ese instante. El reloj avanzó
aún un minuto más; ya eran las 8:83 am. Sus papilas gustativas se activaron secretando más saliva de la normal. Los camarones al ajillo nunca le
habían sabido tan bien bajo la apariencia de un simple pan de queso untado de
mermelada de mora. Engulló el bocado y permaneció en silencio unos segundos. La
tetera pitó. El agua para el té de su mujer ya debía estar lista. ¿Desde cuándo
le gustaba el té a su mujer? Era ella la que siempre se despertaba primero y
preparaba dos tazas de café para ambos. Luego se sentaban en la cama y
sintonizaban en el televisor al gordo con cara de umpa lumpa que recitaba los
signos zodiacales y toda clase de consejos para tener un día lleno de paz y
amor. Detestaba la presencia casi galáctica del tipejo pero tenía que admitir
que alguna vez se sorprendió con sus predicciones. La tetera siguió pitando
pero nadie acudía en su ayuda así que no tuvo más remedio que pararse de la
mesa e ir por ella, pero antes de que la alzara del fogón, ya se había callado.
Sirvió el agua en el pocillo de su mujer, el mismo que llevaba el nombre de su
signo zodiacal, soltó en él una bolsa de té de frutos rojos y mezcló con dos
cucharaditas de azúcar. Ya conocía la medida exacta y la delicadeza de su paladar. Caminó hasta el cuarto donde ella descansaba. Dejó el pocillo sobre la
mesa de noche y levantó con mucho cuidado las cobijas para despertarla, pero
cuando lo hubo hecho por completo, se encontró con que una llama rumiante
descansaba en la cama. Bueno, eso sí que era raro e impensable. Su mujer
siempre le había recriminado el hecho de que fuera tan distraído y olvidadizo,
pero sin duda, no podía serlo tanto como para no darse cuenta de que había
estado conviviendo con una llama durante los últimos 4 años. ¿Qué hacer?
¿Despertarla para interrogarla? ¿Obligarla a tomar una ducha para despercudir
sus lanas? ¿O, simplemente llevarle un atado de heno para acompañar el té? No
había enfrentado tantos dilemas desde aquella vez en que apostó a los caballos
por primera y única vez. Tantos caballos reunidos, tantas habilidades y
debilidades, tantos enanos jinetes haciéndose fieros entre sí, pero sobre todo,
tan poco dinero a cambio de tanto. Tanto lo pensó que terminó perdiendo y tuvo
que devolverse en un atestado bus repleto de enfermos terminales que hacían su
última parada antes de regresar al hospital para siempre. La yama seguía ahí, profunda,
con los ojos en estado REM y un leve tic en su mandíbula. Tal vez soñaba con un
suculento desayuno en casa de algún magnate, o con un partido de fútbol en las
praderas andinas del Perú. Tal vez ni soñaba y el único que todavía lo hacía
era él. Bebió el té de frutos rojos azucarado, se arropó junto a su llama y la besó con ternura en la
oreja. Era tiempo de arruncharse ya y dejar a un lado tanta reflexión. Sintonizó el canal de astrología y lo único que oyó fue: "Prepárate porque me sale el arcano del extraño y la carta de la inocencia..."
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